
En mi cumpleaños 42, hice un recuento de mi vida en terapia. Desde hace años, sufro de depresión y ansiedad crónica. La mayoría de las personas que me conocen me consideran un personaje triste, seria, que casi nunca sonríe y que tiene un aura oscura. Sin embargo, muchos no creen que tenga depresión porque no soy la típica persona que no puede levantarse de la cama o que no puede hacer nada. Yo no he parado de trabajar en casi todos los años que he tenido estos padecimientos. Mantengo mi rutina y el cambio me causa un estrés tan intenso que desata ataques de ansiedad que me llevan a pensamientos suicidas. En el pasado, incluso me he hecho daño físico para silenciar el dolor emocional.
Desde que era niña, siempre me sentí fuera de lugar. Las lágrimas venían con facilidad y la sensación de soledad era abrumadora. Pero en medio de ese caos emocional, encontré consuelo en algo inesperado: mi alcancía. Guardar dinero se convirtió en mi refugio, mi pequeño acto de control en un mundo que parecía desbordarse.
Mi infancia fue difícil, pero mis ahorros se convirtieron en mi salvación. A los once años, tuve que aprender a valerme por mí misma, y fue entonces cuando descubrí el poder de la independencia financiera. Mis ahorros no solo me proporcionaron comida y cuidado personal, sino también la seguridad de que podía confiar en mí misma.
En la escuela secundaria y preparatoria, el acoso era una constante. Pero tener mi propio dinero me dio una sensación de libertad que no podía encontrar en ningún otro lugar. Saltar la barda y disfrutar de un helado en silencio se convirtió en mi pequeño escape del mundo exterior.
Con el tiempo, mi relación con el dinero se volvió más compleja. La ansiedad se apoderó de mí, y mis hábitos compulsivos se intensificaron. Cada compra se convirtió en un acto de planificación meticulosa, y las vacaciones se volvieron una fuente de estrés constante.
Todo cambió durante la pandemia. Perdí mi trabajo y me vi obligada a enfrentarme a una situación que nunca antes había experimentado. Pero en medio de la oscuridad, encontré una luz inesperada: la creatividad. Lo único que me ha ayudado a lo largo de los años son dos cosas: dibujar y las finanzas personales. Dibujar me permite canalizar mis emociones de una manera creativa, mientras que gestionar mis finanzas personales me da una sensación de control y estabilidad que necesito para sentirme segura.
Decidí canalizar mi ansiedad en algo positivo y comencé a escribir. Mi primer libro, dirigido a niños, fue mi manera de canalizar mis miedos y angustias en un libro que reflejaba la esperanza, conocimientos y experiencia de vida que las finanzas me han dado toda la vida. Basándome en un pasaje personal para inspirar a otros y a mí misma, encontré una nueva forma de enfrentar mis desafíos. Pero pronto se convirtió en algo más: el comienzo de una nueva carrera. En tres años, he escrito cuatro libros para niños, cada uno enseñando lecciones valiosas sobre finanzas personales y responsabilidad. La combinación de estas dos pasiones, el dibujo y las finanzas personales, me llevó a crear libros de educación financiera para niños. Estos libros no solo se convirtieron en una herramienta divertida para enseñarles sobre el dinero, sino que también me permitieron canalizar los conocimientos que fueron mi salvavidas.
Estos libros dieron origen a un taller para niños, donde puedo compartir mi experiencia y ayudar a otros a encontrar su camino hacia la estabilidad económica y emocional.
Las finanzas personales y la creatividad me han enseñado que incluso en los momentos más oscuros, siempre hay una luz al final del túnel. Y hoy, puedo decir con orgullo que he encontrado la mía. A través del control de mis gastos y metas de ahorro, he logrado no solo sobrevivir, sino también encontrar la fuerza para ayudar a otros a hacer lo mismo. En tiempos de incertidumbre, el poder del dinero se convierte en el poder de la esperanza.
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