¿Sabías que en México el 85% de las personas mueren sin testamento? Y de ese pequeño 15% que sí lo hace, muchos cometen errores que terminan convirtiendo su «último acto de amor» en el primer acto de una guerra familiar.
Déjame contarte algo que me parte el corazón cada vez que lo recuerdo, pero que cambió para siempre mi perspectiva sobre la importancia de dejar todo bien amarrado.

El día que mi mundo se desplomó
Era octubre y yo tenía apenas 11 años. El aire frío del otoño se colaba por las ventanas mientras mi abuelo, con esa sonrisa que siempre me tranquilizaba, me servía chocolate caliente en su taza favorita, esa que tenía una pequeña desportilladura en el borde.
—Mijita —me dijo, revolviendo mi cabello como siempre—, tienes que estudiar mucho, prepararte para tener un buen trabajo y retirarte joven.
—¿Por qué siempre me dices lo mismo, abuelo? —le pregunté, haciendo pucheros.
—Porque si yo me muero antes de que termines la universidad, quiero dejarte suficiente dinero para que nunca, nunca te falte nada.
Me enojaba tanto cuando hablaba de muerte. Él era mi mundo, mi único padre. Sabía que mi abuelita tenía el corazón enfermo —aunque me dijeran que sus «viajes» eran para visitar a los primos, yo desde los 3 años distinguía el olor a hospital en su ropa cuando regresaba.
El 20 de octubre, el teléfono sonó a las 3 de la madrugada. Mi abuelo había tenido un infarto. Lo recuerdo corriendo por los pasillos del hospital, el olor a desinfectante pegándose en mi garganta, sus manos frías entre las mías, el suero goteando lentamente en esa bolsita transparente.
—Todo va a estar bien, abuelo —le susurré.
Él apretó mi mano con la poca fuerza que le quedaba y murmuró: —Tu tío sabe… él sabe lo que debe hacer contigo.
Salió del hospital. Creímos que había ganado la batalla. Pero cinco días después, mientras dormía plácidamente en su cama, su corazón se detuvo para siempre.
Ese octubre se convirtió en el más frío de mi vida. No hubo Halloween para mí —¿cómo iba a disfrazarme de algo cuando sentía que ya era un fantasma? El Día de Muertos llegó sin pan dulce, sin calaveras de azúcar, sin altares llenos de cempasúchil. Solo frío, vacío y un dolor que me apretaba el pecho cada vez que respiraba.
Lo peor era fingir que estaba bien, sonreír cuando los adultos me miraban con lástima, tragarme las lágrimas que se empeñaban en salir porque «tenía que ser fuerte.» Pero por las noches, abrazada a mi almohada, el llanto se quedaba atorado en mi garganta como si mi cuerpo hubiera olvidado cómo llorar.
Y ahí comenzó mi pesadilla.
La traición que nunca vi venir
Mi abuelo murió creyendo que las palabras eran suficientes, que el amor familiar era garantía. No dejó testamento porque «confiaba» en que mi tío cumpliría su promesa.
La lectura del testamento que nunca existió fue en la sala de mi casa. Mi tío, con una expresión que jamás le había visto, me miró directamente a los ojos:
—Mira, niña, tu abuelo no dejó nada escrito. Lo que él me dijo… bueno, eso es entre él y yo.
Mi mundo se desplomó. De los cientos de miles de pesos que mi abuelo había ahorrado durante décadas de trabajo, yo vi exactamente 14 mil pesos. El resto se «evaporó» en «gastos legales» y «deudas que tenía pendientes.»
Mientras mis primos volaban a Estados Unidos a estudiar en universidades privadas, yo, a los 15 años, tenía las manos agrietadas de lavar coches en el crucero. El agua helada de las mañanas, el jabón que me quemaba la piel, el cansancio que me dolía hasta los huesos… pero tenía que pagar mis estudios.
¿La ironía cruel del destino? Mis abuelos me habían enseñado tanto sobre el valor del dinero que desde los 3 años yo tenía mi propia alcancía. Me ponían trabajitos en casa —barrer el patio, doblar la ropa, limpiar los zapatos— y me pagaban por cada tarea bien hecha.
«Cada peso cuenta, mijita,» me decía mi abuela mientras contábamos juntas mis moneditas. «Ahorra hoy lo que puedas, porque nunca sabes cuándo lo vas a necesitar.»
Aprendí a cuidar cada centavo como si fuera oro. Vendía mis dibujos a los vecinos, hacía tareas de otros niños por unas monedas, guardaba hasta el último peso que me daban en los cumpleaños. Mientras otros niños gastaban en dulces y juguetes, yo alimentaba mi cochinito con una disciplina que ahora me sorprende.
Esa educación financiera que me dieron sin saberlo me salvó la vida. Cuando mi abuelo murió y me quedé sin la herencia prometida, descubrí que tenía ahorrado suficiente dinero para pagar mi primer año de universidad. Pero también significó que nunca más volví a tener un regalo de Navidad o una fiesta de cumpleaños. Cada peso que ganaba lavando coches o cargando cajas se convertía en algo sagrado, porque sabía que era lo único que tenía entre la supervivencia y el abismo.
Cuando los buitres se disfrazan de familia
¿Crees que exagero? Seguramente conoces historias así. Como la del empresario de Radio Fiesta, una estación que durante 40 años llenó de música las tardes de nuestra ciudad.
Don Roberto construyó ese imperio desde cero. Empezó con un transmisor usado y un sueño. Cuando murió de un paro respiratorio a los 68 años, sus tres hijos se transformaron en extraños sedientos de sangre.
—¡Yo trabajé más años en la empresa! —gritaba el mayor en los pasillos del juzgado. —¡Pero yo tengo más hijos que mantener! —respondía la hija del medio. —¡Papá me prometió que la estación sería mía! —insistía el menor.
Mientras ellos peleaban como perros por un hueso, 23 empleados trabajaban sin cobrar durante meses. Algunos vendían sus pertenencias para llevar comida a casa. La secretaria, doña Carmen, lloraba en silencio cada viernes cuando no podía darles su sobre de pago.
—No tenemos acceso a las cuentas hasta que se dictamine quién es el heredero —repetían los abogados como loros.
El resultado: Radio Fiesta, que había sobrevivido crisis económicas y cambios tecnológicos, murió ahogada en disputas familiares. Los hijos gastaron en abogados el dinero que aún no recibían. Dos años después, todo se remató. Los empleados recibieron una liquidación miserable y una de las empresas más queridas de la ciudad se convirtió en un lote baldío.
La cruda realidad: los números no mienten

Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en México:
- 85% de las personas mueren intestadas (sin testamento)
- 60% de los juicios sucesorios tardan más de 2 años en resolverse
- El 40% de las herencias se pierden en gastos legales y disputas familiares
- Los procesos intestados cuestan 3 veces más que cuando existe testamento
La Asociación Nacional del Notariado Mexicano reporta que cada año se pierden bienes por valor de 120 mil millones de pesos debido a la falta de testamentos.
¿Te das cuenta? No es drama, son matemáticas frías y crueles.
Cómo hacer tu testamento: guía práctica paso a paso
Lo que necesitas tener listo:
Documentos indispensables:
- Identificación oficial vigente (INE o pasaporte)
- CURP
- RFC
- Comprobante de domicilio reciente (máximo 3 meses)
- Acta de nacimiento certificada
- Si estás casado: acta de matrimonio
- Si tienes hijos: actas de nacimiento de cada uno
- Escrituras de propiedades
- Facturas de vehículos
- Estados de cuenta bancarios
- Documentos de inversiones o seguros

Tipos de testamento y sus costos reales (2024):
1. Testamento Público Abierto (el más seguro):
- Costo: $4,500 – $12,000 pesos (varía por estado y notaría)
- Proceso: 1-2 semanas
- Ventajas: Máxima seguridad jurídica, el notario lo redacta profesionalmente
- Registro: Automático en el Sistema Nacional de Testamentos
2. Testamento Público Cerrado:
- Costo: $3,000 – $7,000 pesos
- Proceso: 3-4 semanas
- Ventajas: Total privacidad del contenido
- Riesgo: Posibles errores legales si lo redactas mal
3. Testamento Ológrafo:
- Costo: $1,200 – $2,500 pesos
- Proceso: Inmediato
- Requisito: Escrito completamente a mano, fechado y firmado
- Desventaja: Mayor riesgo de impugnación (35% según estadísticas notariales)
El proceso real, paso a paso:
Semana 1-2: Preparación
- Haz inventario completo de tus bienes (casa, auto, cuentas bancarias, inversiones, joyas, hasta tu colección de discos)
- Decide quién hereda qué (sé específico: no «mi hermana», sino «María González, mi hermana mayor»)
- Elige tu albacea (quien ejecutará tu testamento – puede ser familiar o profesional)
Semana 3: Ejecución 4. Agenda cita con notario público (busca uno cerca de tu casa para facilitar trámites futuros) 5. Lleva todos los documentos (sin excepción, los notarios son estrictos) 6. Dicta tu voluntad claramente (el notario te guiará pero tú decides)
Día del testamento: 7. Firma ante dos testigos (el notario los proporciona) 8. Recibe tu copia autorizada (guárdala en lugar seguro) 9. Se registra automáticamente en el Sistema Nacional de Testamentos
Consejos de oro que pueden salvarte miles de pesos:
📍 Ubicación exacta es clave: No escribas «mi casa», escribe: «El inmueble ubicado en Calle Reforma #123, Colonia Centro, C.P. 97000, Mérida, Yucatán, con escritura pública número 1,234 del Notario Público #5.»
📍 Porcentajes claros: En lugar de «todo para mis hijos», especifica: «50% para Juan Pérez (mi hijo), 30% para María Pérez (mi hija), 20% para Pedro Pérez (mi hijo menor).»
📍 Plan B siempre: ¿Qué pasa si tu heredero principal muere antes que tú? Siempre incluye herederos sustitutos.
📍 Actualiza religiosamente:
- Después de matrimonio o divorcio
- Cuando nacen hijos o nietos
- Al adquirir propiedades importantes
- Cada 5 años como mínimo
📍 El albacea perfecto:
- Debe ser mayor de edad
- Tener capacidad legal
- Ser de tu total confianza
- Preferentemente conocer tus bienes
- Considera nombrar un albacea suplente
Errores que cuestan caro (historias reales):
Error #1: «Mis hermanos se van a portar bien» Como mi abuelo, como la Tía Noni. El 73% de disputas familiares inician por testamentos inexistentes o mal hechos.
Error #2: Testamento desactualizado El papá de mi mejor amiga hizo testamento a los 30 años cuando solo tenía tres hijos. Se divorció, se volvió a casar a los 50 y tuvo dos hijos más. Nunca actualizó su testamento. Resultado: los hermanos mayores corrieron a los menores de la casa familiar.
Error #3: No comunicar dónde está el testamento De nada sirve un testamento perfecto si nadie sabe dónde está. El 15% de testamentos nunca se encuentran.
Tu tranquilidad vale más que el costo
Hacer un testamento no es pensar en muerte, es pensar en vida. Es asegurar que tu esfuerzo llegue exactamente donde quieres que llegue.
Dato que te va a sorprender: El costo promedio de un proceso intestado en México es de $85,000 pesos y puede durar hasta 4 años. Un testamento cuesta máximo $12,000 pesos y se ejecuta en 3-6 meses.
¿Ya tienes calculado el ahorro?
No esperes el momento «perfecto» porque ese momento puede llegar cuando ya no puedas decidir. Hazlo ahora, mientras puedes proteger a tu familia de convertirse en protagonistas de una telenovela que nadie quiere ver.
¿Necesitas poner orden en tus finanzas primero?
Si este artículo te hizo reflexionar pero sientes que primero necesitas organizar tu situación financiera, estoy aquí para ayudarte:
- Coaching financiero personalizado: Te ayudo a crear un plan realista para ordenar tus finanzas y construir patrimonio que valga la pena heredar
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- Libros de educación financiera para niños: Porque los hábitos financieros saludables empiezan desde pequeños
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Porque planificar tu futuro financiero no es un lujo, es la base para construir un legado que realmente valga la pena proteger.
¿Ya tienes tu testamento? ¿Qué historia familiar te ha hecho reflexionar sobre este tema? Comparte en los comentarios y ayudemos a más personas a proteger lo que tanto les ha costado construir.

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