Emociones y Finanzas: La Conexión Olvidada

Una reflexión necesaria sobre emociones, dinero y por qué pedir ayuda no es debilidad

El 13 de enero se conmemora el Día Mundial de la Lucha contra la Depresión. Y aunque puede sonar como «una fecha más del calendario», para mí tiene un peso muy particular. Dibujando Finanzas, mi escuela de educación financiera, nació justamente de ahí: de mi propia lucha contra la depresión que vivo desde los 7 años y por la cual llevo 10 años en terapia.

Sí, leíste bien. Una escuela de finanzas nació de la depresión. Y tiene todo el sentido del mundo, te voy a contar por qué.

Hace unos días, uno de mis alumnos tuvo un mal día

No quiso comer, fue regañado, le dijeron flojo… y escuchó que hablaban mal de él. Entre lágrimas me dijo una frase que todavía me duele en el pecho:

«Nunca me habían abandonado.»

Escucharlo y verlo llorar me atravesó. Porque en ese momento no solo lo vi a él. Me vi a mí.

Solo que cuando yo viví algo parecido, no había nadie con quien hablarlo. Nadie que me escuchara. Nadie que validara lo que sentía.

Cuando ser niño y sentir se vuelve «un problema»

Yo crecí escuchando a adultos —y también a otros niños— decir que yo era rara, exagerada, loca. Cada palabra me hacía sentir peor, más sola, más equivocada.

Cuando mi mamá cayó en depresión, toda la atención se volcó hacia ella. Todos me decían: «Tú debes cuidarla.»

Yo tenía 12 años.

Nadie me preguntó qué necesitaba yo. Nadie me cuidó a mí.

Y cuando alguien «debía hacerlo», me hacía sentir como un estorbo. Como un mueble viejo. Como algo que sobraba.

Aprendí a aislarme. Aprendí a no decir cómo me sentía.

Pero era imposible. Tarde o temprano algo salía… y la respuesta siempre era la misma:

— «Me haces sentir triste.»
— «Ya no quiero estar contigo.»
— «Háblame cuando cambies.»
— «No entiendo por qué siempre estás triste.»
— «Deberías ver lo bueno que tienes.»

Y así, una y otra vez, aprendí que sentir era molestar.

La única voz que me sostuvo… y lo que me dejó

La única persona que me escuchaba y me consolaba ya no estaba: mi abuela. Mi única conexión con ella fue algo muy simple, pero poderoso: el hábito del ahorro que me enseñó.

Ahí empezó todo.

Me obsesioné con ahorrar. Mi mamá me había transmitido una mentalidad de escasez, y yo me volví una ardilla: guardaditos por todos lados. Uno por si acaso. Otro por si acaso del por si acaso.

Procuraba no gastar. Crecí sin regalos de Navidad, sin fiestas de cumpleaños, sin muchas cosas… tratando de no molestar.

Aprendí a abrir puertas sola porque mis tíos me dejaban afuera. Un día me dejaron más de 12 horas fuera de la casa. Pasé hambre. Tuve que ir al baño en el jardín.

Pero nadie escuchaba mi trauma.

Trabajé para pagar mis estudios. Y aun hoy, me cuesta usar el dinero para mí. Solo en pequeñas proporciones. Pequeños gustitos.

Mi necesidad de tener ahorros, fondos, todo organizado —incluso una carpeta de previsión para cuando ya no tenga energía— no nació del orden… nació del miedo.

Y sí, esto que estás leyendo es solo lo rosa de mi historia. Créeme, omito lo peor. Pero comparto esto porque tal vez alguien necesita leerlo.

Entonces entendí algo muy importante

Cuando somos adultos cansados, agobiados, estresados —muchas veces por temas económicos— una cosa pequeña puede detonarnos.

Un niño pidiendo comida. Un llanto. Una insistencia.

Y desde ahí, sin darnos cuenta, podemos decir palabras que lastiman más de lo que imaginamos.

No todo es berrinche. No todo es exageración. No todo es manipulación.

A veces es hambre. A veces es dolor. A veces es sentirse invisible.

La depresión no siempre grita. A veces se calla. A veces se disfraza de «portarse bien». A veces se ve como un niño que «no causa problemas»… hasta que explota.

Y en los adultos pasa igual. Nos acostumbramos a cargar con todo, a no pedir ayuda, a creer que «ya se nos pasará». Pero la salud mental no funciona así. La depresión no se va sola, y el estrés financiero la alimenta como gasolina al fuego.

El dinero también es emocional (aunque no nos lo enseñaron así)

Con el tiempo me di cuenta de que el dinero me daba algo que nunca tuve: tranquilidad. La organización me daba control. La previsión me daba seguridad.

Y eso me convirtió en la experta que soy hoy.

Pero también me hizo ver algo más grande: muchas personas no solo batallan con números… batallan con un sistema que no explica, que no acompaña, que excluye.

Personas que no pueden cobrar una pensión. Viudas y madres solteras que no reciben apoyos. Familias que no conocen sus opciones.

No siempre es «mentalidad de pobreza». Muchas veces es una pobreza creada y sostenida por el propio sistema, donde quien tiene dinero se mueve con facilidad y quien no… queda fuera.

Y cuando no tienes para comer, para pagar la renta, para los gastos básicos… ¿cómo no va a afectar tu salud mental? ¿Cómo no va a pesar en tu ánimo, en tu cuerpo, en tu forma de relacionarte?

La educación financiera y la educación emocional no son dos temas separados. Van de la mano. Porque si no entiendes tus emociones alrededor del dinero, vas a repetir patrones. Y si no entiendes tu relación con el dinero, vas a seguir sintiendo ansiedad, culpa o vergüenza cada vez que tengas que tomar una decisión financiera.

Por eso nació Dibujando Finanzas

Antes de rendirme, decidí hacer lo único que podía: ayudar.

Crear una escuela donde las personas conozcan sus opciones. Donde mejoren su relación con el dinero. Donde sembremos una semillita en los niños para que crezcan con otra forma de pensar, de sentir y de decidir.

Para que nadie tenga que vivir lo que yo viví. Para que ningún niño crea que sentir es un error. Para que ningún adulto descargue su cansancio sin darse cuenta del daño que puede causar.

Una invitación, no un juicio

Este artículo no es para señalar. Es para pausar.

Para recordarnos que:

El estrés financiero afecta cómo reaccionamos. Cuando no dormimos pensando en cómo pagar las cuentas, es más fácil perder la paciencia. Y está bien reconocerlo.

Nuestras palabras pesan. Lo que decimos a un niño —o a nosotros mismos— se queda grabado. A veces para siempre.

Los niños sí sienten… profundamente. Y merecen ser escuchados, no callados.

Pedir ayuda no es debilidad, es valentía. Ya sea ayuda emocional o ayuda financiera, ambas son válidas y necesarias.

Si estás pasando por un momento difícil emocionalmente, por favor, busca apoyo. La terapia cambió mi vida. Llevo 10 años en ella y no me arrepiento de un solo día. No tienes que hacerlo solo.

Y si estás batallando con tus finanzas, también hay ayuda disponible. En mi página y en plataformas como Condusef hay recursos gratuitos. Información que puede hacerte la vida más ligera. No por mágica, sino porque cuando entiendes tus opciones, recuperas un poco de control.


Educar financieramente también es educar emocionalmente.

Porque un niño que se siente seguro, escuchado y validado tendrá muchas más herramientas para relacionarse sanamente con el dinero… y con la vida.

Y un adulto que se permite sentir, que busca ayuda, que no carga solo con todo… también.

El 13 de enero, fue Día Mundial de la Lucha contra la Depresión, hoy te invito a hacer una pausa. A revisar cómo estás realmente. A preguntarte si necesitas ayuda. Y si la respuesta es sí, date permiso de pedirla.

Porque merecemos sentirnos bien. Y eso incluye tanto nuestra salud emocional como nuestra salud financiera.

Con cariño,
Karla
Fundadora de Dibujando Finanzas

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